miércoles, 13 de agosto de 2008

"Siempre faltan piedras para tirar al río, simpre queda algo por hacer o falta algo por terminar"

...las paredes no exitian, su invisibilidad permeaba calor y frío, bruma y sol. El techo era el cielo, amable en verano y cruel en invierno, melancólico el otoñal y el primaveral ilusionante y soñador. Sólo cartones y un par de brazadas rasgadas componían su cama, y ahí terminaba su hogar. Triste descripción del pasar de un niño, triste realidad que ignoran todos los que ni siquiera lo miraban porque el corazón se les apretaba y la inocencia de su rostro se perdía cuando fumaba junto al borde del puente Miraflor. Nada más que un niño, nada menos que un fumador experimentado en todo lo que sus supuestos amigos le puediesen ofrecer, un bebedor frecuente para olvidar las penas decía él. Olvidar las penas... siempre faltan piedras para tirar al río, el olvido es esquivo, cuando la vida trascurre en un proceso constante de ensayo y error. De penas se hizo su vida, de olvido se hacia su deseperación, porque el abandono lo acogía pero lo conducía a un lugar oscuro donde la muerte ansiosa y maldita lo deseaba dormir sobre el lecho de los desafortunados, de los desamparados, de los habitantes de la calle.
Sobrevivir era la consigna al estar lúcido, acabarse era la misión cuando el alcohol y las drogas se hacian parte de él, y en ese permanente vaivén sus pasos lo condujeron hacia una oportunidad distinta de vida. Sólo recuerda que cayó, y despertó en una cama de verdad, suave y limpia. Lo rodeaban caras amables que le sonreían como nadie lo había hecho. Su corazón agitado sobresaltó su cuerpo, un hombre de blanco lo calmó,
- Hijo, estás en un hogar de acogida, tranquilo.
Esas palabras le eran extrañas y aprisionantes.
- Me quero ir - gritó, al momento que entra una mujer con una bandeja de comida.
Sus ojos se le agigantaron, era un sueño, todo lo que nunca tuvo, ese día le era entregado sin restricción.
El tiempo pasó, pero alegre y esperanzado no tortuoso y moribundo como lo había sido hace un par de años antes.
Aquel niño, hoy un hombre, descubrió que las palabaras era bellas y variadas, que unidas formaban impresionates conjuntos de vivencias y sentimintos que no necesitan ser olvidados porque al escribirlos lo malo se hace bueno, y lo bueno es lo que hace que el corazón ya purificado lata sin presión.
Escribo porque aprendí, escribo porque me gusta, escribo lo que siento, pienso y viví.
Escribo ilusionado de que al puente Miraflor llegué alguna hoja o palabra de esperanza.
Escribo firmando como Anónimo, porque así nací y así quiero morir.




POR: Un Anónimo que cambió las piedras y un río por papel y hojas.

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